El peso de Cristian sobre mi cuerpo se sentía como un recordatorio físico de las cadenas invisibles que nos unían. Su respiración, pesada y ardiente, se fue normalizando contra mi cuello, dejando que el silencio de la madrugada volviera a devorar el gran salón. Permanecimos así durante largos minutos en mitad de la penumbra, inmóviles sobre el sofá de cuero, con el eco de sus palabras flotando sobre nosotros como una niebla densa y peligrosa.
Sabía que me creía, pero también sabía que el monst