—No me voy a subir a esa monstruosidad, Zamira.
Observé a Cristian con una sonrisa ladeada, cruzándome de brazos mientras el sol de la tarde iluminaba el parque de atracciones que habíamos alquilado a medias para tener algo de privacidad. El gran tiburón de Wall Street, el hombre que controlaba juntas directivas enteras con una sola mirada helada, estaba completamente pálido, con los ojos fijos en la imponente estructura de metal de La Furia del Dragón, una montaña rusa con tres caídas libres