El restaurante privado que Leonardo había elegido para la reunión estaba suspendido sobre la planta más alta de un rascacielos de cristal, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad que parecía un tablero de ajedrez gigante. El ambiente era sobrio, exclusivo y asfixiante por la cantidad de secretos que colgaban en el aire. Leonardo Cavalli ya me esperaba, vistiendo un traje gris de tres piezas a la medida, luciendo esa elegancia innata que parecía no requerir el más mínimo esfuerzo.
Me senté