Cristian
El reservado del club privado estaba sumido en una penumbra densa, rota únicamente por el ámbar de las lámparas de pared. Había citado a Samantha a primera hora de la tarde. No quería rodeos, no quería intermediarios y, sobre todo, no quería que esta basura siguiera contaminando el aire que respiraba con mi esposa.
Cuando la puerta se abrió, Samantha entró al lugar con una sonrisa radiante, los ojos iluminados por una ilus