El silencio que siguió a la propuesta de Leonardo Cavalli se sintió espeso, casi asfixiante, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Su mano seguía a milímetros de mi abrigo, y esos ojos verdes me miraban con la absoluta certeza de que terminaría cediendo. Los diez millones de dólares estaban ahí, al alcance de mis dedos vendados, listos para comprar mi tranquilidad y enterrar las ambiciones de mi primo Bruno de una vez por todas.
Pero a veces, la salvación financiera tiene un costo que e