El murmullo de la alta sociedad se transformó en un zumbido de avispas a mi alrededor. Sentada sobre el mármol frío, con los flashes de los reporteros rebotando en las paredes de espejo y la sangre tiñendo el champán derramado, me sentí más expuesta que nunca. Las palmas de mis manos ardían por los fragmentos de vidrio incrustados.De repente, el mar de invitados se abrió con violencia. Dos figuras rompieron el cerco al mismo tiempo, movidas por la urgencia. Cristian llegó primero, con el rostro desencajado por el pánico, arrodillándose a mi lado en un segundo; casi en el mismo instante, Leonardo Cavalli se inclinó con una elegancia felina. Ambos hombres extendieron sus brazos hacia mí al unísono, ofreciéndome su apoyo para levantarme del suelo. Dos mundos, dos opciones.Miré la mano de Cristian, la mano del hombre que acababa de traicionarme financiando a mis enemigos, y luego miré la de Leonardo. Sin dudarlo un solo segundo, ignorando la mirada suplicante de mi esposo, deslicé mis d
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