El maestro de ceremonias anunció el vals de honor por los altavoces, y antes de que pudiera idear una ruta de escape hacia las mesas, los focos principales de la pista de baile se fijaron sobre nosotros. Los aplausos de la alta sociedad resonaron en las paredes de espejo del hotel de lujo. Cristian, impecable y devastadoramente guapo en su esmoquin, me extendió la mano con una reverencia que parecía ensayada por la realeza.
No tuve opción. Si lo rechazaba allí, frente a los reporteros y las cám