CAPÍTULO 48: LA AMENAZA

—¿Que deje la guerra? —solté una carcajada seca, amarga, que resonó en las paredes de la habitación—. Ella me humilló en mi propia fiesta, Cristian. Se burló de mí en mi cara tras contarme que tú los salvaste con tus millones.

Cristian suspiró, inclinándose hacia adelante para depositar un beso tierno, prolongado y cálido en mi frente, un gesto con el que pretendía apagar el incendio que me consumía por dentro.

—Ya demostraste de lo que eres capaz, Zamira —me susurró muy cerca del oído, rozando
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