El viaje hacia el hospital se consumió en un silencio denso, casi reverencial, interrumpido únicamente por el zumbido monótono de los neumáticos contra el asfalto mojado y el compás acelerado de nuestras respiraciones. El sabor de Cristian seguía quemándome los labios, un rastro de fuego, urgencia y lluvia que ni el viento de la autopista había logrado enfriar. El aire dentro del auto se sentía espeso, cargado de las palabras que nos habíamos gritado y del peso de ese beso salvaje en el acotami