Regresar a mi oficina fue como entrar a un búnker en mitad de una guerra. El eco de los tacones sobre el suelo de porcelanato parecía marcar el ritmo de mis propios pensamientos, acelerados y contradictorios. Me senté detrás del imponente escritorio de caoba, dejando el teléfono sobre la superficie lisa. La rabia que Bruno había encendido en el ascensor seguía ahí, latente, pero a medida que los minutos pasaban, el calor de la ira comenzó a enfriarse, dejando al descubierto un peso asfixiante e