El viento de la noche me golpeaba el rostro con la fuerza de un latigazo, desordenando los mechones de mi cabello y enfriando las lágrimas que resbalaban sin control por mis mejillas. Caminaba a trompicones por el acotamiento de la autopista, con los tacones de aguja lastimándome los tobillos y las luces de los autos pasando a mi lado como ráfagas borrosas de metal y ruido. El dolor físico de los vidrios incrustados en mis dedos no era absolutamente nada comparado con el dolor punzante, sordo y