El frío regresó de golpe, pero no el frío nostálgico de la universidad, sino un frío negro, salado y punzante que me congelaba los huesos.Abrí los ojos con un jadeo violento, buscando aire desesperadamente, con la terrible sensación de ahogo pegada a la garganta. Mis pulmones ardieron como si estuvieran llenos de cristales rotos y el pánico me hizo sacudir la cabeza, desorientada, antes de darme cuenta de que ya no estaba bajo el agua. No había oscuridad abisal, sino la luz tenue, cálida y difusa de las lámparas de la suite presidencial del crucero. El tictac constante del reloj de pared seguía sonando, recordándome que el tiempo no se había detenido.Estaba viva.Y de repente, como una pantalla de cine que se enciende en medio de la penumbra, los recuerdos borrosos de los últimos minutos en el mar golpearon mi mente con una claridad abrumadora. Me vi a mí misma hundiéndome, perdiendo las fuerzas, entregándome a la muerte. Pero entonces recordé el estallido de luz en la superficie. Re
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