El primer día en el crucero fue, para mí, el equivalente a ganar la lotería sin comprar boleto.
El barco era un monstruo flotante de quince pisos, una oda al exceso y al lujo que casi te hacía olvidar que estabas flotando sobre miles de kilómetros de agua salada. Pero lo mejor de todo no era el buffet libre de mariscos las veinticuatro horas ni la suite presidencial con jacuzzi privado; lo mejor, por mucho, era la cara de Cristian.
Llevábamos apenas dos horas en alta mar y el gran, imbatible e