El ambiente en la catedral seguía vibrando con el eco de los gritos y el aroma a rosas pisoteadas. Yo estaba allí, de pie, con el pecho agitado y el velo colgando de un hilo, sintiéndome más viva de lo que me había sentido en años.
—Saquen a esta mujer de aquí. Ahora —ordené, y mi voz cortó el aire con tal autoridad que los guardias de seguridad, que hasta entonces parecían estatuas de sal, reaccionaron de inmediato.
Samanta fue arrastrada mientras gritaba improperios que harían sonrojar a un ma