El último día de la luna de miel había llegado y, para mi absoluta sorpresa (y desgracia), Cristian ya no tenía la piel color verde manzana. El lobo de Wall Street finalmente había desarrollado sus "piernas de mar", o al menos había aprendido a disimular las náuseas con una elegancia exasperante que me daba dolor de cabeza. Ya no podía burlarme de él, lo que significaba que el viaje había perdido el cincuenta por ciento de su atractivo turístico.
Atrás había quedado el glorioso primer día, dond