Cristian me miró fijamente. Por un instante, la intensidad de su mirada flaqueó, reemplazada por esa fría reserva que tan bien conocía. Esquivó mi pregunta con la destreza de un político experimentado. Dio un paso atrás, rompiendo la burbuja de calor que nos envolvía, y se guardó el pañuelo en el bolsillo.
—Los invitados afuera esperan ver a los recién casados, no un cadáver en la sacristía —dijo, con una sonrisa ligera que no llegó a sus ojos—. Vámonos. La prensa está bloqueando la entrada pri