Me quedé flotando en ese limbo peligroso donde mi cerebro me suplicaba que le rompiera un jarrón en la cabeza y mis hormonas le aplaudían la iniciativa. Cristian seguía allí, plantado como una estatua de ébano y tentación, con esos ojos azules que parecían haber olvidado por completo lo que era el mareo.
—¿Disculpa? —solté, logrando que mi voz no temblara, aunque por dentro mis neuronas estaban corriendo en círculos—. Creo que el agua salada te terminó de secar las pocas neuronas que te quedaba