El silencio en la catedral era tan denso que podía oír el eco de mis propios remordimientos rebotando en las paredes. El sacerdote me miraba fijamente, con esa paciencia infinita que solo tienen los que no tienen una empresa que salvar ni un ex tóxico al que destruir.
“Huye, Zamira”, gritaba la voz de la razón en mi cabeza. “Sal de aquí, tira los tacones de mil dólares y corre hasta que los pulmones te ardan”.
Me sentía ridículamente vulnerable. El discurso de Cristian había sido un misil teled