Iba tan concentrada en mi victoria que olvidé por completo que ya no vivía sola. Al entrar a la cocina, me congelé en seco.
Cristian estaba de espaldas, frente a la encimera, preparando un batido de proteína. La licuadora hacía ruido, pero todo mi sistema se apagó por una razón puramente visual: el maldito no llevaba pijama. Solo vestía un pantalón de chándal gris que le caía peligrosamente bajo en la cadera, dejando al descubierto una espalda ancha, esculpida y perfecta, que bajaba en una "V"