El avión avanzaba con una suavidad engañosa, como si nada de lo que había ocurrido antes tuviera ya importancia. Dentro, el silencio era controlado, casi elegante, pero en Madeleine no había calma. Apoyada contra el respaldo, con la mirada fija en la ventanilla, intentaba ordenar sus pensamientos sin conseguirlo del todo. Había asumido que se dirigían a Mónaco. Para ella, eso era lo lógico. Pero cuando el avión sobrevoló el continente sin descender y el paisaje comenzó a transformarse en una extensión infinita de agua oscura, comprendió que algo no encajaba. El reflejo del océano se extendía bajo ellos como un manto interminable, y esa simple desviación bastó para que su mente se activara de nuevo. No iban a Mónaco. No todavía. Permaneció en silencio unos minutos más, observando, esperando. Luego la tierra volvió a aparecer en el horizonte, primero como una sombra lejana y después como una masa definida, abrupta, rodeada de mar. Madeleine entrecerró los ojos y reconoció la forma
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