31. Ella lo desarmaba II
No me dijo que la siguiera, pero estaba implícito. Y yo, como hipnotizado, caminé tras ella. Mis ojos inevitablemente se clavaron en su caminar. La bata blanca cubría demasiado, pero aun así, mi imaginación me traicionaba: podía verla debajo, podía adivinar lo redondo de su trasero, lo firme de su cuerpo. Era alta, no frágil ni exageradamente delgada, sino con unas curvas definidas que la hacían aún más atractiva.Y entonces mi mente me jugó una mala pasada. Fantaseé con la doctora, con tenerla contra la puerta de su consultorio, con sus uñas arañándome la espalda mientras yo mordisqueaba su cuello. Un calor incómodo recorrió mi cuerpo, haciéndome maldecir en silencio.De pronto, me di cuenta de que mi “amigo” estaba despertando sin aviso alguno. No era, precisamente, una buena señal en un pasillo lleno de gente. Tragué saliva y respiré hondo varias veces, obligándome a pensar en cualquier otra cosa para recuperar el control antes de que ella lo notara.Ella abrió la puerta de su cons
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