26. Tenía que aprender a caminar sin él II
Allí estaba el Sr. Abad. Impecable, como si hubiera salido de una portada. Llevaba un pantalón de vestir negro que caía con elegancia sobre unos zapatos perfectamente lustrados. Su camisa, de un tono nude que se desvanecía hacia un rosado pálido, parecía hecha a su medida. Noté de inmediato que el primer botón estaba desabrochado, revelando apenas el inicio de unos pectorales firmes, insinuados a través de la tela. Sus mangas, dobladas hasta un poco más arriba de los codos, dejaban al descubierto unos antebrazos marcados que, por alguna razón, me parecieron peligrosamente atractivos.Lo recorrí con la mirada sin poder evitarlo, al mismo tiempo que él hacía exactamente lo mismo conmigo. Cuando nuestras miradas finalmente se encontraron, el mundo pareció quedarse en silencio. Él me observaba con intensidad, y juraría que una sonrisa ladeada, apenas perceptible, se dibujó en sus labios.—¿Está lista? —dijo al fin, rompiendo aquel instante que empezaba a volverse sofocante.Asentí en silen
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