La puerta de la habitación 666 se cerró con un golpe seco, dejando fuera el pasillo y el resto del mundo.
El silencio que siguió fue breve, devorado de inmediato por la respiración agitada de Alaric.
Su peso contra Seraphina era abrumador; la había arrinconado contra la pared apenas entraron, y el calor que emanaba de su cuerpo era casi insoportable.
—Alaric, detente… estás ardiendo —logró decir Seraphina, apoyando las manos en los hombros de él para intentar ganar espacio.
Él no respondió con