Arabella contempló la puerta con los ojos nublados por el terror. Su agarre sobre la toalla se volvió más errático, mientras su pequeño cuerpo se encogía, como si intentara volverse invisible, como si anhelara desaparecer.Dominic permanecía frente a ella, bloqueando el camino. Sus ojos oscuros la observaban con una mirada indescifrable; no era ira, tampoco celos, sino una calma absoluta. Una calma extraña que solo lograba alimentar el miedo de Arabella.—Sabes, Bella —comenzó Dominic con voz profunda—, podría dejarte salir. Podría permitir que te enfrentaras a Christian. Podría dejar que intentaras explicarlo todo, aunque sé perfectamente que tus explicaciones nunca serían suficientes.Hizo una pausa, clavando en ella una mirada intensa. —Pero no voy a hacerlo.Arabella parpadeó, sumida en la confusión. —¿Por qué? —logró preguntar.Dominic no respondió. Se dio la vuelta, entreabrió la puerta y salió de la habitación. La cerró tras de sí y, de inmediato, se escuchó el sonido de l
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