Cazado con las manos en la masa.
La cabeza de Dominic se giró hacia la derecha por la violencia del impacto. Su cabello castaño, aún revuelto por el sueño, cayó sobre su frente. En su mejilla pálida comenzaba a dibujarse la marca roja de cinco dedos, el rastro del golpe de la misma mujer que lo había cuidado desde la infancia.
Dominic tidak se movió. No intentó esquivarla, ni defenderse, ni decir una sola palabra. Simplemente se quedó allí, con el rostro ladeado y los ojos cerrados, soportando el escozor en la mejilla; un dol