Esa tarde, el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste. Sus destellos dorados se filtraban por la ventana de la estancia, que ya no sufría por las goteras, dibujando caprichosos patrones de luz sobre el piso de cerámica nueva que Christian había instalado dos semanas atrás. La vieja casa lucía transformada. Las paredes, antaño descoloridas, ahora presumían un sutil tono crema; las ventanas, que antes no cerraban del todo, habían sido reparadas, y el tejado, que antes cedía ante la lluvia, estaba por fin impermeabilizado.Christian y Bella descansaban en aquel sofá marrón claro de terciopelo suave. El mismo asiento que Christian había adquirido meses atrás con los ahorros de sus jornadas en el taller y el bar; un testigo silencioso de sus desvelos, de sus temores y, ahora, de su complicidad.Acomodado en un extremo, Christian inclinaba sutilmente hacia adelante su robusta y firme complexión. Sus manos grandes y curtidas, con los dedos marcados por los callos de los años de ardua lab
Leer más