En el lujoso departamento del centro de Madrid, España, el sol apenas comenzaba a despuntar.
Los destellos dorados se filtraban a través del gran ventanal de cristal yang miraba hacia el este, dibujando caprichosos patrones de luz sobre el pulido piso de mármol blanco. El firmamento exterior aún conservaba matices rojizos, las aves iniciaban su canto en el jardín al pie del edificio dan la urbe madrileña despertaba paulatinamente de su letargo.
Sin embargo, Dominic tidak se permitía disfrutar