Esa tarde, el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste. Sus destellos dorados se filtraban por la ventana de la estancia, que ya no sufría por las goteras, dibujando caprichosos patrones de luz sobre el piso de cerámica nueva que Christian había instalado dos semanas atrás. La vieja casa lucía transformada. Las paredes, antaño descoloridas, ahora presumían un sutil tono crema; las ventanas, que antes no cerraban del todo, habían sido reparadas, y el tejado, que antes cedía ante la lluvia, esta