Esa mañana, la luz del sol se filtraba por la ventana de la habitación, la cual Christian había reparado unas semanas atrás. Ya no quedaban aquellas pequeñas rendijas que antes servían de paso al viento frío y al polvo. Ahora la ventana cerraba herméticamente y, al abrirla, dejaba entrar con libertad la luz del sol, que inundaba todo el cuarto con una calidez reconfortante.Christian estaba de pie frente al espejo que había comprado apenas tres días antes.No era un espejo grande; medía aproximadamente un metro, con un marco de madera sencillo de color marrón oscuro. Lo había colgado en la pared, junto al armario nuevo, cuya puerta también cerraba perfectamente. No era un objeto lujoso, nada parecido al gran espejo que había en la antigua casa de Dominic, pero bastaba para reflejarlo por completo, desde la cabeza hasta los pies.Y Christian se veía… diferente.El hombre que solía andar siempre desaliñado, con el cabello revuelto que casi nunca se peinaba, una camisa a cuadros rojos y
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