La sala de alumbramiento, que hasta hace unos minutos estaba inundada de gritos y llanto, dio paso a un silencio acogedor y cálido.
Las luminarias del techo continuaban encendidas con fuerza, pero ya no se percibían deslumbrantes. El aire proveniente del sistema de climatización seguía frío, pero ya no se sentía punzante. Los dejos a antiséptico y sangre aún persistían, pero ya tidak resultaban perturbadores. En el ambiente solo imperaba la dicha. Una felicidad elemental. Una plenitud genuina