Luego de que Suny se retirara del depósito, Stefano se quedó solo en la penumbra. El silencio del lugar era absoluto, roto únicamente por el crujido metálico de la estructura enfriándose tras el calor del día. Se ajustó los puños de la camisa de seda negra; el roce del tejido costoso contra sus muñecas se sentía como una caricia fría, un recordatorio táctil del estatus que tanto le costaba mantener. Miró su reflejo en una ventana sucia. Sabía que tarde o temprano tenía que hablar con Antonio sobre lo ocurrido; no podía evitarlo por más tiempo. Ignorar sus llamadas era un error táctico, una declaración de guerra para la cual, quizás, aún no estaba del todo listo.El trayecto hasta la estancia duró media hora. Manejó en un silencio sepulcral, con las manos apretando el volante de cuero hasta que sus nudillos perdieron el color. Debía ser estratégico. No podía titubear ni equivocarse en ninguna palabra; Antonio DiGreco no escuchaba explicaciones, olfateaba debilidades. Hacía años que el
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