PedroEl peso de la corona de hierro sobre mis sienes nunca se había sentido tan insignificante, tan burdo y desprovisto de valor real como en los días que siguieron a la milagrosa recuperación de nuestro hijo.En los pasillos de granito de la fortaleza de los Genaro, los sirvientes y los guardias bajaban la cabeza a mi paso, murmurando bendiciones al Alfa del Norte, el guerrero que había aplastado la traición de Vane y devuelto la estabilidad a la provincia.Para ellos, yo era el gobernante supremo, el lobo invicto que sostenía el destino de miles de almas sobre sus hombros.Para Isabella, sin embargo, yo no era más que un eco.Un eco de promesas rotas, de cobardía institucionalizada y de un dolor que se había congelado durante cuatro largos años en los páramos del sur.Ella no me quería como su Alfa. No me deseaba como su señor.Y, si he de ser sincero conmigo mismo ante el altar de mis ancestros, yo tampoco quería usar ese poder con ella.Someterla con mi aura dominante, obligar a
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