Pedro
El aire dentro de la enfermería real pesaba tanto que parecía aplastar mis pulmones con cada bocanada.
No era solo el vapor denso de las hierbas que Gideon arrojaba al fuego, ni el olor ácido del vinagre que Isabella usaba para limpiar la frente de nuestro hijo.
Era la estática mística.
La energía de mi propia loba y la de la manada, purificada y desatada tras mi regreso al trono, flotaba en la estancia como una tormenta eléctrica a punto de estallar.
Y esa tormenta, mi propia fuerza, est