Pedro
El peso de la corona de hierro sobre mis sienes nunca se había sentido tan insignificante, tan burdo y desprovisto de valor real como en los días que siguieron a la milagrosa recuperación de nuestro hijo.
En los pasillos de granito de la fortaleza de los Genaro, los sirvientes y los guardias bajaban la cabeza a mi paso, murmurando bendiciones al Alfa del Norte, el guerrero que había aplastado la traición de Vane y devuelto la estabilidad a la provincia.
Para ellos, yo era el gobernante su