Isabella
La noche en la fortaleza de los Genaro no traía el silencio, sino un murmullo constante y traicionero.
Las corrientes de aire se colaban por las rendijas de las ventanas de la torre oeste, imitando el silbido del viento del sur que durante cuatro años me había servido de arrullo y de alarma.
Estaba sentada en el borde de una pesada silla de roble, observando la cama donde Eric dormía plácidamente.
Su respiración era un oleaje suave, un compás perfecto que debería haberme traído paz.
Si