Isabella
El crujido del lino grueso al desplegarse sobre las mesas de la antesala era un sonido que pertenecía a mi infancia, una nota arrastrada y familiar que el exilio se había encargado de sepultar bajo el rugido de las ventiscas del sur. Durante cuatro años, el único tejido que había protegido mi piel había sido la lana basta de las mantas de contrabandista, deshilachadas y oliendo a sebo de ciervo, o las pieles curtidas a toda prisa que apenas lograban contener el mordisco del hielo en lo