Isabella
La habitación quedó sumida en un silencio tan denso que casi podía escuchar el lento derretirse de la cera de las velas sobre los candelabros de bronce. El olor a ozono y tormenta, el rastro característico del poder de Pedro, flotaba en el aire como una neblina invisible, mezclándose con el aroma a sangre purificada y la fragancia amarga de las hierbas que Gideon había quemado horas atrás.
Sobre la mesilla, la reliquia de la Creciente yacía apagada, desprovista de su brillo opalescente