Isabella
—No... no, no, no —comencé a murmurar, hundiendo mis dedos en mi propio cabello, apretando los puños contra mis sienes en un intento desesperado por acallar los pensamientos—. Esto no puede estar pasando. He vuelto. He ganado. Se supone que ya pasamos la peor parte del camino. ¡Se supone que estábamos a salvo en casa!
El pánico me golpeó en el pecho como un mazo de guerra.
El aire en la enfermería se volvió denso, caliente e irrespirable.
Sentí que las colosales paredes de granito de l