Anciano Corin
El calor del Gran Salón de la fortaleza era un monstruo vivo, alimentado por el aliento de más de setecientos lobos de pura cepa, el rugido de los enormes troncos de pino que ardían en las monumentales chimeneas y el sudor de una manada que llevaba cuatro años conteniendo la respiración. El aire estaba tan saturado de feromonas, orgullo territorial y expectación mística que a mis viejos pulmones les costaba expandirse bajo el peso de la túnica ceremonial de los Ancianos.
Allí, sen