IsabellaEl olor a vinagre, menta silvestre y cobre quemado flotaba en el aire estancado de la enfermería real, denso y sofocante. Sin embargo, por más que Gideon arrojara hierbas al brasero de bronce, no lograba enmascarar el olor más terrorífico de todos: el aroma dulzón, casi empalagoso y profundamente metálico de la plata que se evaporaba a través de los poros de mi hijo.Eric no solo estaba ardiendo en fiebre; parecía estarse consumiendo desde el interior, como si un dinamo de fuego blanco se hubiera encendido en el centro de su pequeño pecho.—¡Sujétale las piernas, Isabella! ¡Por los ancestros, ayúdame a sostenerlo! —el grito de Gideon, el sanador principal de la fortaleza, me llegó distorsionado, como si sus palabras tuvieran que viajar a través de una densa capa de agua helada antes de alcanzar mis oídos.Me arrojé sobre la pesada cama de roble, presionando todo el peso de mi cuerpo contra las rodillas de mi pequeño.El cuerpo de Eric, de apenas cuatro años y cargando con las
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