Ares caminó por el pasillo principal del hospital con las manos en los bolsillos de la bata, el paso firme pero la mente inquieta. Había terminado la primera ronda con Isidora hacía apenas unos minutos, y aun así sentía que algo se había movido dentro de él, una sensación difícil de nombrar, incómoda, como cuando uno se da cuenta de que una puerta se ha cerrado sin hacer ruido... y otra se ha abierto sin pedir permiso.No era desorden. Tampoco confusión. Ares siempre había sido un hombre estructurado, disciplinado hasta el extremo. Pero aquella ronda había removido pensamientos que creía controlados, incluso dormidos.Isidora.El nombre apareció en su mente sin que él lo llamara. No era deseo, al menos no de la forma en que lo había conocido antes. Era otra cosa. Una alerta. Una presencia.Había sido una ronda estrictamente profesional, como tantas otras que había hecho a lo largo de su carrera. Y, sin embargo, no podía negar que había algo distinto. No en ella, sino en cómo él había
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