Isidora había pasado los últimos días sosteniéndose con una disciplina que rozaba la rigidez. Había cumplido su promesa silenciosa: mantenerse firme, profesional, distante lo suficiente como para no alimentar aquello que se había instalado en su interior sin permiso. No era fácil, pero se repetía que lo correcto rara vez lo era.
Ares, sin embargo, no era un hombre ajeno a los cambios.
No necesitó grandes señales para darse cuenta de que algo en Isidora se había modificado. No fue una frialdad e