Las 8:50 a.m. llegó como un verdugo.Valeria estaba de pie en la sala, con el supervisor del Estado sentado en el sofá tomando notas. Los niños desayunaban en silencio en la cocina, conscientes de que algo grave pasaba. Lucas no había soltado la mano de Mateo desde que se levantó.Diego bajó las escaleras con traje oscuro, el rostro marcado por la falta de sueño. Se acercó a Valeria, la tomó por la cintura y la besó con fuerza, sin importarle que el supervisor estuviera presente.— Vamos a ganar esto — susurró contra sus labios—. Por nuestros hijos.Valeria respondió al beso con desesperación. Lo empujó suavemente hacia el estudio y cerró la puerta. No tenían mucho tiempo, pero lo necesitaban. Se amaron contra la pared, rápido, intenso, casi con rabia. Diego la levantó, sus manos clavándose en sus caderas, su boca devorando la de ella. Valeria se aferró a él, gimiendo su nombre, dejando que el placer borrara por unos minutos el terror que sentían. Cada embestida era una promesa: “no n
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