Valeria despertó antes de que el reloj marcara las seis de la mañana. El mensaje de Rafael seguía grabado en su mente como una herida abierta: “Mañana a las 8 a.m. recibirás mi regalo final. Esta vez será algo que nunca podrás olvidar.”Se levantó con el cuerpo pesado, el corazón latiéndole con fuerza. Diego dormía profundamente a su lado, el brazo protector alrededor de su cintura, respirando con calma después de la noche de pasión que habían compartido. Los niños —Mateo, Emma y Lucas— todavía descansaban en la habitación contigua. La casa estaba en silencio, pero Valeria sentía que el aire estaba cargado de una amenaza invisible.Bajó descalza a la cocina, preparó café negro y fuerte, y se sentó frente a la ventana que daba al jardín. El mar del Malecón brillaba bajo los primeros rayos del sol, indiferente al torbellino que se avecinaba dentro de ella. Recordó cada palabra de Rafael, cada fotografía, cada grabación que habían descubierto en los últimos días. La traición de sus propi
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