Ciento veinte años después de que Lia firmara aquel contrato de odio, una niña de ocho años llamada Sol llegó por primera vez a la casa frente al mar.Era una mañana de julio particularmente hermosa. El flamboyán estaba en plena floración, más rojo y vibrante que nunca. Sus ramas se extendían como brazos protectores sobre toda la propiedad, y el suelo estaba completamente cubierto de flores carmesí, como una alfombra viva.Sol llegó de la mano de su tía, con la mirada baja y los hombros encogidos, como si quisiera hacerse pequeña para que el mundo no la viera. Era la misma postura que Mateo tuvo cuando llegó siendo niño. La misma que tuvo Daniela cuando apareció con su maleta y su culpa. La misma que tuvieron cientos de niños a lo largo de más de un siglo.Amelia, quien ahora tenía treinta y nueve años y dirigía la casa, la recibió en la puerta principal. Se agachó para estar a su altura y le sonrió con la misma calidez que Lia solía tener.—Bienvenida, Sol. Esta es tu casa ahora.La
Leer más