POV: Cristina Sousa Corre. El comando no venía de la mente, sino del latigazo de adrenalina que golpeaba mis vértebras. Mis pies descalzos martilleaban la grava húmeda de las callejuelas de Sevilla, y cada impacto enviaba astillas de dolor que subían por mis espinillas hasta las rodillas. El aire de la madrugada era una navaja invisible, cortando la piel expuesta de mi rostro y mis brazos, pero yo no sentía el frío. Sentía el incendio. Mis pulmones eran dos bolsas de brasas vivas, silbando con cada inspiración superficial y desesperada. El sabor a hierro —el sabor de mi propia sangre— inundaba mi boca, metálico y caliente. Mis manos, con las uñas rotas y las palmas desolladas por la tierra, apretaban frenéticamente los restos de mi vestido de algodón contra el pecho. La tela estaba rasgada en el hombro, colgando como piel muerta, revelando la desnudez que aún ardía, que aún latía bajo las marcas moradas que empezaban a florecer en mi carne. —¡Detente, maldita perra! Su grito desg
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