POV: Cristina Sousa La mañana siguiente amaneció gris, como si el sol de aquel invierno de 1950 se negara a iluminar las piedras frías de la Mansión Stinson. El silencio en el segundo piso era pesado, casi palpable, recordando el aire sofocante antes de una tormenta. Isabel estaba sentada en la alfombra persa de hilos gruesos, jugando silenciosamente con sus bloques de madera. Yo la observaba desde el sillón, sintiendo aún el fantasma del agarre brutal de Lewis en mi brazo. La marca roja en mi piel ya se estaba oscureciendo, transformándose en un hematoma violáceo, pero, curiosamente, la carne magullada no dolía tanto como el recuerdo de su mirada rota. Dos golpes secos en la puerta de roble me sacaron de mi trance. Me levanté rápido, arreglándome la falda de lana del vestido gris. Abrí la puerta y me encontré a Leo. El gigante que servía como perro guardián del Don parecía exhausto. Su traje oscuro estaba todo arrugado, la corbata floja y tenía unas ojeras profundas. En sus enorm
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