Raúl no durmió esa noche.Se quedó en su apartamento con la libreta abierta sobre la mesa de la cocina y una lista de sospechosos que Camilo le había pedido investigar: Isabella Cortés, empleados despedidos, proveedores cancelados, competidores de Lincoln Enterprises. Una lista razonable, lógica, que cubría todos los frentes.Todos menos el que importaba.Porque Raúl llevaba once años trabajando para Camila Lincoln y once años eran suficientes para conocer a una persona mejor de lo que ella se conocía a sí misma. Once años de encargos, de encubrimientos, de llamadas a las tres de la mañana, de «Raúl, necesito que hagas esto sin preguntar» y de hacerlo sin preguntar. Once años de limpiar huellas, tapar agujeros y mirar hacia otro lado cuando lo que veía le revolvía el estómago.Y lo que le estaba rev
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