Camila estaba desayunando con Mateo y Sophie cuando sonó el teléfono.
Las siete y cuarto de la mañana. Mateo comía cereal con la concentración de un cirujano y Sophie le tiraba pedazos de plátano al perro que no tenían porque Sophie le tiraba comida a todo lo que se moviera, real o imaginario. Richard ya se había ido al trabajo sin despedirse, porque llevaban semanas en esa rutina de convivencia funcional donde se cruzaban como compañeros de piso educados que comparten hipoteca y custodia.
El n