Margaret esperó dos días.Dos días para repetir los análisis, recibir la confirmación y aceptar que la ciencia no tenía la decencia de equivocarse. Dos días para preparar la conversación que iba a tener con su hija, eligiendo cada palabra como quien carga una pistola: con cuidado, sin prisa, sabiendo que una vez que aprietas el gatillo no hay vuelta atrás.El viernes a las tres de la tarde llamó a Camila.---Ven a la mansión. Sola. Ahora.---Mamá, estoy en medio de...---Ahora, Camila.Colgó.Camila llegó en veinticinco minutos. Margaret la esperaba en el estudio de Thomas con la puerta abierta, sentada detrás del escritorio, con un vaso de agua que no había tocado y las manos cruzadas sobre la superficie de caoba.---Cierra la puerta ---dijo Margaret.Camila cerró. Se sentó frente a
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